Cayeron dos pétalos directo de tus labios.
La arena se oscureció, una exacerbada metamorfosis los convirtió en perfume, perfume en la arena.
Tu cuello a su lado, con un resplandeciente reflejo por parte del amanecer, yacía con tus dedos a sus costados. Gritando celosía entre paredes y mar. Puro mar.
La tierra se desvanecía, podíamos sentir nuestras vidas cruzar nuestras cabezas. Un instante de parloteo incesante y unas cuantas palabras sin amor, sin nada.
Das un beso, en piel, sentís piel. Una luz viene a tu mente de los pétalos cayendo, del perfume evaporándose. Y llega a tu mente la idea, de que quizás el mundo se cayó, al caer sus labios pétalos de rosa. Te precipitas a la arena, en busca de los mismos. No volvés a ser el mismo sin ellos, no podés resistir la vida sin un último beso. Hundes la cabeza en la arena, buscando con los ojos sangrando la última arteria que le queda a tu corazón. Tus pupilas se dilatan, has perdido la vista, ahogaste tus penares en arena, mientras el mundo se acababa y tu par te ofrecía una muerte serena, casi egoísta, de puro amor. Resignaste todo por el miedo de que un par de pétalos cambien la esencia que reinaba tu vida. Moriste en vano, compañero, aniquilaste ante la perdición. No los mató el fin, los mató la obsesión.


