Nadie entiende. Nadie.
Por qué hay canales en mis mejillas.
Y no hay canciones, nada de nada.
El tabaco cae de mis dedos, el alcohol se vuelve agua.
Veo tus tobillos, cada vez más pequeños, alejándose.
Veo un adiós, imagino un hasta luego.
Tiros y tiros de silencios desperdicio, y nunca mi mirada había sido tan bien refutada.
Andá, caminá, dejá un pañuelo caer y no me dejes alzarlo.
Decime que me querés, y odiame al segundo.
Convertimos todo en competencia, pero la hiel que arrojás pudre mis rosas.
E imaginamos que escritores fundarán poemas de nuestro romance.
Pero nene, el romance dura más de tres canciones.
No me retuerzas más, ya estoy seco.
Jugá con mi mente, dibujá sentencias de muerte, dibujate y desfigurate. Siempre lo hiciste.
Pueden haber mil anatomías iguales a la tuya, pero nunca tu piel, nunca tu aroma.
Y entre prosa y prosa, voy dejando todo lo que me enseñaste.
No es tanto, ni tan poco.
Ahora poneme un moño, regalame una vez más. Siempre voy a volver.
Te hace sonreír, me hace tiritar.

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