El primer cigarrillo me habla de vos, mi primer espectro. Tu seudónimo será libido maligno. El mismo aparece cual tira de imágenes formato mosaico en mi cabeza. Muy complaciente, casi sublime, por algún motivo sonrío sosteniendo mi cabeza al hablar de él. Un espejismo dibuja su rostro frente a mí, su cuerpo está nublado pero noto ligereza de ropa y una posición cómoda dejando a la imaginación sus atributos. Libido inclina su cabeza apoyando con delicadeza y fervor sus labios contra los míos. Libido habla de mi como un lujo, de esos que se dan un domingo lluvioso. Esconde su correa en su pantalón, el cual no tardó ni cinco minutos en tirar a mis pies en cuanto entré a su habitación. De naturaleza calmada, tierna y protectora; trato de resaltar sus defectos para no dejarme consumir por la nostalgia, pero todos son dejados de lado por su tanta e infinita energía sexual. Toma entre sus manos mi cintura y un sinfín de universos pasan por mi cabeza. Me empuja hacía el con intenciones de jugar a lo prohibido, de desgastar libertinaje. Acertando sus palabras, comienza la diversión. Los silencios de suspiros y vapores son tan pulcros y a su vez la foto de su dueño en la repisa de enfrente hace a mi conciencia reír a carcajadas. Sus dedos entre los míos vuelven a mi cabeza haciendo escapar un gesto de alegría mezclado con pudor. Tres suspiros de placer, una serie de abrazos nocturnos, un café de madrugada y una despedida silenciosa. Vuelta a la realidad, un espectro más, una anécdota a mis libros redactados en mi mente. Medio litro de café queda, 12 cigarrillos posan.
Una segunda ronda que comienza con un séptimo cigarrillo. Éste tiene una presencia nebulosa, y será apodado Philip. Philip Morris. Cuya historia comienza así.
Un placer a la vista, las rosas lo envidian. Delicadez, humor, dulzura. Y no alcanza, falta el factor X. El factor XXX, para ser más explícito. Philip me posee, me sonríe, me muestra, me agota. Philip no dura ni dos cigarrillos, será porque lo tengo, y esa obsesión por lo difícil y lo complicado se ha vuelto mi obsesión. Él nunca sería mi obsesión. Negaciones abrumantes llenan mi cabeza y me predispongo a enterrarlo, a disecarlo, y usarlo de dispersión. No merece un gasto de café.
Tercero, vencido, acorralado. Contando un noveno cigarrillo. El mismo relata otro secreto, un poco más pútrido, un poco más atiborrado. Saturado diría. Perfección breve.
El mismo es un popurrí de orgasmos y hace que por mis venas corra lujuria. Bajo sus efectos soy brisa, soy desierto. Titilan mis sienes al pensar en él. Un cosquilleo recorre mis omóplatos hasta mis clavículas. Cierro los ojos despacio pero exorbitantemente. Perfección me encierra, me aflije, me acorrala entre sábanas, saca mi respiración y absorbe todo de mí. Desquiciado, encantado, loco y raquítico. Lo anhelo, lo dibujo en humo, lo palmeo y lo desdibujo. El tabaco no alcanza. Entró a mi cabeza y tuvimos una sesión en la mesa de la cocina. Perfección se fue, dejó un vacío de nostalgia. Se llevó un cigarrillo, y dejó sus harapos, así tiene una excusa para traer de nuevo el paraíso a mis ojos.





