Alcanzó a correr tan lejos, bajo la sombra de un ejército inventado.
Era necesario, era inevitable, que bajo el sol cayeras, y dejaras evaporar todo lo que te hace vivir por él.
Sus manos te alcanzan. Te tocan, te desarman.
Escaparse es alejarte de sus ojos, pero la lujuria te consume. El deseo te agota.
En tu mente gritás su nombre, en tu mente eres polvo.
Necesitás sus manos, su respiración recorriendo tu pelo, sus dulces y un tanto fríos labios.
Está ocupado, está ocupado.
Convertís en presentes algunas tragedias que te saquen lo miserable.
Y lees sobre Bolena, mientras Hamlet y Macbeth esperan sentados.
Pero nada lo saca, nada lo degrada, sus ojos siguen en tu frente, tan brillantes como cada vez.
Podés tomar su mano, acariciar su piel, endulzar su oído.
Pero entre las mil orquídeas que en este momento lastiman tu mente, es la más brillante, es la más distante, es la más trillada, la más inolvidable.

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