Destiñéndo al compás de la lluvia.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Pedirle balas al viento.

Entre olas avasallantes amanecía con aurora en su piel. Ni la más mínima brisa podía correrla, y de antemano un rayo de sol recitaba un par de poemas de amor antes de dejar de respirar. Sus penares le colgaban toldos ante la felicidad que le llovía, y que el no quería. Intrépidos altares de dioses sin nombre levantaba, procurando encontrar protección y resguardo en plena hibernación. Su voz resonaba pero en su cabeza sólo oía los gritos de las tristezas que quería enterrar. Se preguntaba si realmente el sol había salido, o si eran puros espejismos de alegría. Su sonrisa ya no llamaba ángeles, y sus fronteras se habían cerrado a lo que parecía ser un zambullido en el vacío. Los suspiros de varios minutos se sentían como alfileres en la garganta. Ríos corrían por su iris, y gritaba incesantemente ante cada desparramo. Las lágrimas hacían Nilos en su cara y su salado hacía de cada cicatriz un pequeño infierno. Abría puertas en cada pasillo de su mente esperando un golpe de compañía que no fuese la del desánimo. Hacía el amor con sangre en sus ojos y se preparaba para el ocaso. Disparaba con altitud esperando que algún perdigón diera en su frente, y sonreía esperándolo. El invierno terminaba, y en su interior todo iba siendo cada vez más frío, y los copos de nieve en sus entrañas convertían sus gritos de dolor en silencios que ningún amante podía oír. Te entregas a la mar, pero ésta se seca ante tu presencia y cuestionas lo obvio. ¿Es tan difícil morir?

No hay comentarios: