Tus labios de acero, claros, fríos.
No creo en el milagro.
Yo sólo te quiero.
Y abandonaste nuestro aposento, en vientos suaves, en sueños viejos.
Un lazo perfecto, blancos de sonrisa ya no toman por completo mis pupilas.
Porque sólo me quieres.
¿Por qué sólo me quieres?
Me veo tan pobre. Obsoleto.
Te busco en bocanadas, te busco en paredones.
Te encuentro amargado, un té de jazmín.
No te quiero amarillo, no te quiero negro.
Te quiero abstracto, te quiero antiguo, te quiero viejo.
Una bomba de silencios, una mirada perpleja admirable.
A veces me miras de frente, pero te quiero a mis espaldas.
Abandonamos los matices, de azucenas rojas, de rosas grises.
La cama es tan grande, el fuego es tan denso.
No te quema, en cambio yo.
Yo me ensucio, yo soy ceniza.
Yo nunca te quise.
Poblamos los jardines con mirlos que no cantan, con canarios degollados.
Nuestro lugar es tuyo, lo mataste, apuñalaste, traicionaste.
Nunca me quisiste, sólo era un dominó de antítesis cuando tu amargura deseaba ser apaciguada.
Nunca nos quisimos, no el uno al otro, sino a nosotros mismos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario