Lo que a veces no puedes entender, es que el diamante desgarra.
Hermoso por fuera, sin el más mínimo agotamiento al mirarlo.
Pero aún así, tan simple, tan trillado.
Por dentro aún, necesito una brújula para ubicarme entre tus tantos nombres y apellidos.
Fuiste lo único que perpetró mi impenetrable guarida, dejaste tu firma trizando el cristal que me envolvía.
Mezclaste mar y cielo, y lo serviste a modo de entrada, siendo tu tan visible e inventada presencia un manjar para paladares fuertes, sólo para aquellos que aguanten tu cianuro.
Diste un concierto de silencios, una emboscada de negaciones, un baño de indiferencia.
Y entre locos paranoicos, entre amarillos e índigos, te me fuiste. Dejando un río de agua salada, que aún recorre mis suelos, dejando una silueta que aprovechaste y desgastaste, tomando hasta el último néctar, dejando huellas en la nieve, dejando rocíos amargos, te me fuiste.

No hay comentarios:
Publicar un comentario